Hay botellas de champán que llevan más de medio siglo sin abrirse, y probablemente no se abrirán nunca: han pasado, en algún momento de su vida, de ser una bebida a ser una pieza de colección. El fenómeno, que durante años se asoció casi en exclusiva al vino de Burdeos o Borgoña, ha encontrado en el champán de gran añada a su protagonista más inesperado de la última década.
Qué hace que una añada de champán merezca guardarse
No todas las cosechas son iguales, y en champán esa diferencia se nota más que en casi ningún otro vino: solo los años excepcionales —aquellos en que el clima permite una maduración perfecta de la uva— se declaran oficialmente "de añada" por las grandes casas. El resto de las botellas se elaboran mezclando varias cosechas para mantener un estilo constante. Una añada declarada es, por definición, un año que la propia casa considera irrepetible.
El envejecimiento como espectáculo
A diferencia de lo que mucha gente asume, el champán de calidad no solo resiste el paso del tiempo: en sus mejores expresiones, mejora de forma extraordinaria. Las notas afiladas y cítricas de la juventud dan paso, con quince o veinte años en botella, a un perfil de frutos secos, brioche tostado y miel que ningún champán joven puede ofrecer. Es, en cierto sentido, el vino que más cambia entre su nacimiento y su madurez.
El mercado de subastas
Las grandes casas de subastas internacionales dedican hoy secciones enteras a champanes de colección, con botellas de añadas históricas alcanzando cifras que hace veinte años habrían parecido absurdas. El interés no viene solo de coleccionistas de vino tradicionales, sino de un perfil nuevo de comprador que ve en estas botellas una combinación poco habitual: un activo tangible, raro, y que además puede disfrutarse —una vez, y solo una vez— en la mesa.
Guardar o beber: la pregunta que todo coleccionista se hace
Quizás la mayor paradoja del coleccionismo líquido es que su valor máximo —el placer de bebérselo— es también su destrucción total. Cada botella que se abre es una menos en circulación, lo que alimenta la rareza —y el precio— de las que quedan. Guardar una gran añada es, en el fondo, aplazar indefinidamente una decisión que, tarde o temprano, alguien tendrá que tomar.
