Cuando el Emirates Palace abrió sus puertas en 2005, tras casi tres años de construcción y una inversión que superó los tres mil millones de dólares, su propósito era inequívoco: anunciar al mundo que Abu Dabi tenía intención de competir, de igual a igual, con las grandes capitales del lujo internacional.

Una escala pensada para impresionar

Con más de un kilómetro de fachada frente al Golfo Pérsico y 114 cúpulas doradas coronando el edificio, el Emirates Palace fue concebido, literalmente, como un palacio antes que como un hotel convencional: sus proporciones responden más a la tradición de la arquitectura real árabe que a los estándares habituales de la hostelería internacional.

Oro, mármol y jardines imposibles

El interior utiliza más de mil trescientos metros cuadrados de pan de oro y mármol importado de más de una decena de países distintos. Los jardines circundantes, mantenidos con un sistema de riego diseñado específicamente para el clima desértico, requieren un cuidado casi tan meticuloso como el del propio edificio.

Una suite con cajero de oro propio

Entre sus curiosidades más comentadas destaca un dispensador automático de oro instalado en el vestíbulo, capaz de expedir lingotes y monedas al peso del mercado en tiempo real: un gesto casi excéntrico que resume el espíritu de exceso calculado del hotel.

Un modelo que Abu Dabi sigue expandiendo

Casi dos décadas después de su apertura, el Emirates Palace sigue funcionando como la carta de presentación hotelera de Abu Dabi, y como recordatorio de que, en el golfo Pérsico, la construcción del lujo contemporáneo puede acelerarse hasta límites que otras regiones tardaron siglos en alcanzar.