Entre 1962 y 1996, el astillero italiano Riva fabricó, prácticamente a mano y una a una, poco más de setecientas unidades del Aquarama, la lancha que con el tiempo se convertiría en sinónimo absoluto de elegancia náutica. Casi treinta años después de que terminara su producción, sigue considerada por muchos expertos como la embarcación más bella jamás construida.
Un proceso de fabricación que ya no existe
Cada casco se construía en madera de caoba de Honduras, laminada y barnizada en un proceso que podía requerir hasta veinte capas de barniz, cada una aplicada y pulida a mano. Fabricar una sola unidad podía llevar varios meses de trabajo artesanal, un proceso prácticamente imposible de replicar bajo los estándares industriales actuales.
El yate de las estrellas de cine
Brigitte Bardot, Sophia Loren y buena parte del jet set europeo de los años sesenta y setenta se dejaron fotografiar a bordo de un Aquarama en las costas de Cannes o el lago de Como, consolidando su estatus como el accesorio náutico definitivo de la alta sociedad de la época dorada del Mediterráneo.
Un mercado de coleccionismo en auge constante
Con la producción detenida desde hace casi tres décadas, cada Aquarama original en buen estado se ha convertido en pieza de coleccionista, con subastas internacionales alcanzando cifras que superan con creces el precio original de venta, muy por encima de lo que costaría hoy una lancha nueva de similares dimensiones.
Por qué sigue siendo insuperable
Ningún fabricante contemporáneo ha logrado replicar exactamente la combinación de artesanía manual, proporciones y acabado que definió al Aquarama. Su escasez, sumada a una belleza que seis décadas no han logrado desgastar, explica por qué sigue siendo, para muchos coleccionistas náuticos, la posesión definitiva.

