El polo acuático, o water polo, nació en la Inglaterra victoriana del siglo XIX como una adaptación del rugby y el fútbol al medio acuático, practicado inicialmente en ríos y lagos por clubes de natación de la alta sociedad británica antes de trasladarse a las piscinas que hoy conocemos.
Un esfuerzo físico que la superficie oculta
Bajo el agua, cada jugador debe mantenerse a flote de forma continua durante los treinta y dos minutos que dura un partido, combinando sprints de natación con forcejeos físicos por la posición, en uno de los deportes olímpicos con mayor demanda cardiovascular de todos los reconocidos actualmente.
Del río Támesis a los Juegos Olímpicos
El polo acuático fue uno de los primeros deportes de equipo incluidos en los Juegos Olímpicos modernos, disputado ya en la edición de 1900 en París, consolidándose rápidamente como disciplina de referencia en los países con mayor tradición de natación competitiva de Europa.
Estrategia bajo el agua
Buena parte del juego táctico del polo acuático ocurre, literalmente, fuera de la vista del árbitro: agarres, bloqueos y maniobras defensivas bajo la superficie forman parte de una dimensión física del deporte que rara vez se aprecia completamente desde las gradas.
Un deporte que exige versatilidad total
Pocas disciplinas combinan de forma tan completa resistencia aeróbica, fuerza explosiva y pensamiento táctico en tiempo real. Esa exigencia física extrema, unida a su origen aristocrático británico, ha mantenido al polo acuático como uno de los deportes olímpicos más respetados, aunque menos visibles, del calendario deportivo internacional.

